Las altas temperaturas durante el verano pueden alterar la salud de los más pequeños de la casa. El calor, la radiación solar, la playa, las piscinas, o la alimentación son algunos aspectos sobre los que podemos actuar para evitar problemas médicos y no tener contratiempos innecesarios durante las vacaciones. Nuestro equipo de pediatría comparte una serie de recomendaciones que no debemos pasar por alto:

– Evitar por completo la exposición solar sin protección y evitarla al máximo hasta los 12 meses. A la hora de usar una crema de protección solar hay que elegir la máxima protección disponible, aplicar media hora antes de la exposición y antes de poner el bañador para no olvidarse de ninguna zona, y repetir la aplicación de manera recurrente.

– Una mala o deficiente hidratación puede desembocar en un golpe de calor. Para evitarlo es importante ofrecer líquidos con frecuencia, realizar varias comidas a lo largo del día, protegerles del sol, limitar el exceso de actividad física, vestirles con ropa ligera y de algodón y permanecer en lugares frescos y aireados.

– Cuando suben las temperaturas, aparecen los insectos y los padres temen sus picaduras y las posible reacciones adversas de los más pequeños ante éstas. Aunque la prevención es esencial, hay que ser cuidadoso a la hora de elegir el repelente. En el caso de los menores de un año es preferible no usarlos y protegerles con la ropa (a partir de los 6 meses, utilizando el repelente sobre la ropa y no sobre la piel). Si vamos a comprar un repelente, es importante vigilar que adquirimos uno en el que la concentración de (DEET) sea la menor posible. Las cremas, lociones o geles naturales a base de citronella son siempre na buena opción. En cualquier caso, es importante consultar al farmacéutico antes de comprar o aplicar cualquier repelente.

– El baño es un momento de diversión que, si no se controla, puede comprometer la salud de los niños. Además de asegurar la calidad del agua, hay que asegurarse de que los niños están vigilados en todo momento ya que un periodo tan corto como 90 segundos de inmersión puede provocar lesiones cerebrales por falta de oxígeno.