Llegó el Virus y nos cambió la vida.

Comenzar el colegio no suele ser tarea fácil ningún año, pero éste en concreto se hace más difícil.  En muchos casos, es un momento esperado por la mayoría de los padres que apoyan a sus hijos en estos complicados momentos, llenándoles de esperanza, motivándoles para esa incorporación llena de reencuentros con sus amigos que llevan meses sin ver, visualizando la cantidad de cosas nuevas que aprenderán en este nuevo curso y un largo etcétera que se suele vivir con intensa emoción.

Pero este año la situación es muy diferente.  Comenzamos un curso lleno de dudas y miedos, experimentados en su mayor parte por los adultos.  Adultos preocupados por lo que pueda pasar este otoño e invierno, adultos que dudan de las medidas de prevención establecidas en los centros educativos; adultos que, sin ninguna intención, exponen en sus casas sus miedos sin pensar que los niños escuchan desde la habitación de al lado.  No sólo han escuchado el miedo de sus padres, aquellas figuras de apego que nos proporcionan tanta seguridad cuando somos pequeños, también han escuchado las diversas críticas de cómo los que nos gobiernan han gestionado la pandemia, generando a su vez en ellos un sentimiento de inseguridad que, evidentemente, no han sabido gestionar.  A su vez, han escuchado en casa y en los medios de comunicación, cómo el futuro que nos espera será un tanto incierto, lo que incrementa ese sentimiento de indefensión difícil de aceptar por los adultos, así que podemos imaginar cómo lo han podido vivir ellos.  Todo esto que ahora escribo me lo han contado en las sesiones que he tenido con ellos y, en la mayoría de los casos, sus padres son desconocedores de todo ello, pensando que sus hijos están al margen de todo este embrollo de adultos.  Y nada más lejos de la realidad, en las casas parece como si las paredes hablaran, ellos escuchan conversaciones y les dan su propia interpretación, interpretación que no está del todo alejada de la que pudiéramos hacer cualquier adulto.  Aún así, es conveniente sentarnos con ellos y darle forma a aquello que están viviendo.

Este verano, en la consulta con los menores, he podido comprobar cómo los niños han generado diversos miedos no tan propios de su edad y nivel de desarrollo, cómo muchos tienen un miedo atroz a la muerte, cómo muchos hubieran preferido no salir de casa y buscaban sin descanso excusas para jugar en casa y no verse expuestos al virus que acechaba fuera.  Cada niño ha vivido esta etapa del confinamiento a su manera, o mejor dicho, de aquella manera que han querido o sabido sus progenitores.  No entraré a juzgar los diversos modos que han tenido los padres a la hora de pasar el tiempo de confinamiento con sus hijos.  Muchos lo han hecho de una manera tan divertida y curiosa que los niños han vivido un verdadero viaje lleno de emociones, han sabido aprovechar con ellos este tiempo que nos ha regalado la vida para estar juntos.  Otros, en cambio, no han sabido gestionar tanto tiempo en familia y los niños han estado invirtiendo su tiempo en hacerse todavía más amigos de las nuevas tecnologías.  Muchos, en las sesiones que he tenido con ellos, han solicitado tener más tiempo de juego con sus padres, tiempo de juego en familia que nunca han recibido. 

Todo esto ha hecho que los niños formasen su propio concepto del virus y de cómo nos afecta, han recibido cifras de contagios y muertes que en muchos casos nadie ha explicado, a nivel cognitivo han establecido su nueva realidad marcada por un virus que nos ha cambiado a todos nuestra forma de vivir y relacionarnos, pero especialmente a ellos, que todavía están aprendiendo todos aquellos valores para vivir en sociedad.  Y llega el virus y nos da un vuelco la vida; y donde habíamos aprendido a compartir, a dar besos y abrazos, a estar siempre cerquita del compañero; ahora todo eso cambia y para mantener las medidas de prevención tenemos que mantener una distancia, no podemos dar besos a nuestros abuelos, tenemos que tocar lo menos posible lo de los demás, y si lo hacemos, nos tenemos que lavar las manos o untarlas con geles hidroalcohólicos y nos tenemos que poner una mascarilla que reduce a la mitad nuestros gestos, se nos borra de nuestra cara algo tan importante en la relación social como es nuestra sonrisa.  Yo todavía estoy acostumbrándome a no ver sonrisas y me estoy haciendo una experta analizando las miradas, no hay mal que por bien no venga, quizá a partir de ahora me resultará más fácil leer la mirada.

Aprendiendo a gestionar emociones

Comenzamos un curso lleno de dudas y miedos, experimentados en su mayor parte por los adultos.

Durante mis años dedicada a la formación y a la terapia he tenido que explicar cientos de veces la respuesta de ansiedad a mis alumnos y pacientes.  Siempre comento que ante las diversas situaciones que nos podemos encontrar en la vida, podemos percibir la situación de dos formas diferentes: como un reto o como una amenaza.  Cuando percibimos las situaciones, sírvanos como ejemplo la realización de un examen, como un reto, nuestro sistema se activa, aumenta nuestro arousal, nuestra motivación y activación para llevar a cabo la tarea.  Ese aumento en nuestra activación se percibe como energía y ganas de que aquello salga bien.  No se percibe con miedo, sino con ilusión por conseguir esa meta.  Sin embargo, cuando aquella situación la percibimos como una amenaza, entra en juego el miedo.  En un sistema más primitivo, el cerebro lo percibiría como una auténtica amenaza donde el sujeto podría perder la vida.  Esa misma respuesta se produce en la situación de miedo ante un examen, por lo que el organismo se pone en marcha para huir de la situación y poner a salvo su vida.  No me detendré en explicar el conjunto de acciones que se llevan a cabo, pues me extendería demasiado, pero son un conjunto de acciones a nivel biológico que, si las repetimos de manera continuada, dan lugar a diversos problemas de salud que bien podríamos comentar en futuras publicaciones.

Ante el miedo, entonces, nos ponemos en alerta para poder ver y sentir todo lo que sucede alrededor y en ocasiones puede paralizarnos como mecanismo de respuesta, o bien activarnos tanto que podemos desencadenar un ataque de pánico.  Es necesario que todos aprendamos a expresar las emociones, poder exteriorizar y poner con palabras aquello que sentimos o nos preocupa, y esto es muy importante hacerlo desde que los niños son pequeños.  Debería ser un proceso normal, donde los niños en casa reciban apoyo y comprensión por parte de sus progenitores, nunca ridiculizar esos estados y fomentando siempre que continúen contando con nosotros para brindarles todo el apoyo y el cariño que están demandando.

Para esos primeros días de colegio, propondría hacer pequeñas actividades con ellos.  Les podríamos pedir que imaginen cómo será ese primer día, que visualicen la puerta del colegio, el resto de amigos que van llegando, cómo será este año donde el reencuentro no nos permitirá abrazarnos, pero podremos sentir la presencia de todos los amigos que se encuentran en la misma situación que ellos.  Hagamos que visualicen los retos, las metas, los objetivos que van a conseguir este año, la cantidad de cosas que aprenderán, cómo serán las aulas que les acogerán y cómo será ese día a día con todas las medidas para hacer frente al virus.  También podemos pedirles, y ayudarles a que lo hagan, que recuerden alguna situación que les causó miedo y que afrontaron de manera exitosa, para que la emoción que tengan sea de superación ante la adversidad y de cómo fueron capaces de conseguirlo.  Y ya por último, ayudarles a relajar haciendo con ellos algún ejercicio 

 

Psicóloga Elena Durán